Hace algún tiempo, visitando un reconocido sitio histórico, un amigo y yo nos planteamos la pregunta: ¿preferirías ser un rey en el pasado o una persona común en el presente? En mi infancia habría respondido “un rey”, sin dudarlo; pero la acotación “en el pasado” tiene implicaciones importantes y ahora cambia por completo mi respuesta.
Apenas un siglo atrás, muchas de las comodidades que hoy consideramos básicas (como la electricidad constante, o la distribución de vacunas) todavía no estaban disponibles de forma generalizada. Las élites, naturalmente, vivían mucho mejor que la media y tenían acceso privilegiado a servicios y avances de su época; aun así, aspectos clave de la vida moderna cotidiana no existían o estaban limitados, incluso para ellas. Retrocediendo dos o tres siglos, la diferencia es aún más marcada: muchas comodidades simplemente no existían en su forma actual, y la esperanza de vida del pueblo —y de la nobleza— era muy baja para los estándares contemporáneos.
¿Qué papel juega la ciencia en esto? Para intentar responder, retrocedamos algunos cientos de miles de años, hasta la etapa en la que el Homo erectus rondaba la Tierra. La evidencia científica sugiere que el uso controlado del fuego se debe a estos homínidos: nuestros ancestros. El dominio del fuego sirvió, entre otras cosas, para la supervivencia en climas fríos, la cocción de los alimentos y la defensa contra depredadores. Esto no sólo trajo mayor comodidad, sino que contribuyó a la evolución de la especie y al desarrollo de la vida social.
Esta etapa de la historia (o de la prehistoria, más bien) puede verse como uno de los primeros ejemplos de cómo el conocimiento, y su transmisión, mejoran la calidad de vida. Con cada avance se reestructura la manera en la que las sociedades viven, pasando de la caza y la recolección a la agricultura, y de las máquinas simples a la ingeniería. Ya desde las primeras grandes civilizaciones de la Antigüedad, digamos en Mesopotamia o Egipto, comenzaron a aparecer desarrollos que hoy podrían parecer elementales pero que representaron saltos enormes en el bienestar social. Comenzaron, así, a surgir las disciplinas que forjarían la evolución de las sociedades.
No toda la ciencia tiene que ser “aplicada”; la ciencia básica importa. Buena parte de los avances que hoy consideramos indispensables surgieron, originalmente, de preguntas motivadas simplemente por la curiosidad. En la Grecia clásica, por ejemplo, hace más de 2000 años ya se postulaba la constitución de la materia en términos de entes fundamentales: los “átomos”. ¿Se aplicaría este conocimiento en algo? No. ¿Por qué estudiar esto? Por el saber.
Centurias más tarde, allá por el siglo XVIII-XIX, se confirmaría la validez de aquellas primeras intuiciones y, con el descubrimiento de nuevos elementos y la búsqueda constante de su caracterización, comenzaron a surgir modelos atómicos cada vez más sofisticados. Hoy en día buscamos ir todavía más lejos, realizando esfuerzos enormes por comprender el mundo subatómico: las llamadas partículas elementales. La imagen de estos pilares de la existencia se ha ido haciendo cada vez más nítida. De estos esfuerzos, emergen la física y química modernas, la electrónica y la ciencia de materiales, y muchas otras ramas científicas y tecnológicas. Así pues, lo que inicia como una discusión más bien filosófica, hambre de conocimiento, termina cimentando las comodidades de que hoy gozamos, tales como energía eléctrica, computadoras y telecomunicaciones, dispositivos de imagen médica y tratamientos contra el cáncer.
La tecnología de hoy se debe a la ciencia de ayer. En muchas ocasiones, el intento de responder preguntas fundamentales obliga a desarrollar nuevos métodos y herramientas que terminan encontrando aplicaciones mucho más allá del objetivo original. Un ejemplo son los aceleradores de partículas, los cuales fueron diseñados para estudiar la estructura más elemental de la materia. Estos instrumentos requieren esfuerzos extraordinarios en electrónica, superconductividad y cómputo de alto rendimiento. No es casualidad que en el emblemático laboratorio CERN, en Europa, surgiera la World Wide Web (que universalizó el uso del Internet). Similarmente, la necesidad de procesar grandes cantidades de datos en estos centros ha impulsado las tecnologías de la información que sostienen la conectividad, el acceso universal al conocimiento y hasta el entretenimiento del que gozamos hoy en día.
Sobra decir que la historia de la ciencia también está marcada por aplicaciones destructivas, como herramientas para la explotación indiscriminada de recursos naturales y para la guerra. Pero no por ello la ciencia y la tecnología son, por sí mismas, nocivas. Las aplicaciones más perjudiciales no nacen del conocimiento como tal, sino de intereses de poder, conflictos y ambiciones de unos cuantos. Lo que sí es una constante es que incluso cuando una investigación parece alejada de la vida diaria, o no plantea una aplicación inmediata, esa búsqueda del saber nos ha traído desarrollo y bienestar, así como soluciones a problemas que nosotros mismos nos hemos creado.
Finalmente, volviendo a la pregunta inicial ¿ser un rey en el pasado o una persona común en el presente?, yo me quedo con lo segundo. Después de todo, gran parte de lo que hoy entendemos por bienestar no necesariamente viene de la riqueza o del poder, sino del conocimiento acumulado (y transmitido) por generaciones.


















